Imprimir
Recomendar nota
Movimiento Ciudadano se hunde en Agua Prieta: La soberbia de una dirigencia que parece haber firmado su propia derrota
Escrito por: Redacción
Los partidos políticos rara vez se derrumban por la fuerza de sus adversarios; con mayor frecuencia se consumen por la incapacidad de sus propios dirigentes para escuchar, corregir y reconocer sus errores. Todo indica que ese es el momento que atraviesa Movimiento Ciudadano en Agua Prieta. La sucesión de renuncias, el creciente descontento interno y la evidente pérdida de cuadros políticos no parecen responder a una casualidad ni a una simple reconfiguración electoral. Proyectan, más bien, la imagen de un partido atrapado por decisiones que numerosos militantes consideran equivocadas y por una dirigencia estatal que, lejos de construir consensos, parece haber privilegiado la imposición sobre el diálogo.
La decisión de designar a Jesús Armando Loreto como coordinador municipal se convirtió, para un amplio sector de militantes y exmilitantes, en el punto de ruptura. Diversos actores políticos sostienen que la dirigencia encabezada por Natalia Rivera ignoró deliberadamente los costos políticos que implicaba respaldar a una figura sobre la cual desde hace tiempo pesan diversos señalamientos públicos. Entre ellos se mencionan referencias a un proceso penal en Estados Unidos, acusaciones formuladas públicamente por familiares relacionadas con un presunto despojo, manifestaciones de exempleados sobre presuntos abusos de poder e incumplimientos laborales, así como expresiones de ciudadanos que públicamente lo califican como un presunto “mala paga”. También existen señalamientos públicos que lo vinculan, según quienes los formulan, con una supuesta labor como informante de autoridades militares. Ninguna de esas manifestaciones constituye una resolución judicial o administrativa firme; sin embargo, en política la legitimidad no depende únicamente de los tribunales, sino también de la confianza pública, y esa confianza parece haberse deteriorado de manera acelerada.
Las consecuencias no tardaron en hacerse visibles. La salida de Karelly Peña hacia Morena representó la pérdida de uno de los liderazgos con mayor presencia política dentro del partido. Después vino la incorporación de Marco Antonio Avilés al PRI, un ex funcionario público corrido por pérdida de confianza por utilizar material clasificado con fines personales, y posteriormente, el alejamiento de Manlio Galindo. Cada renuncia debilitó aún más una estructura que ya mostraba señales de desgaste. Ninguna dirigencia seria puede atribuir una cadena de abandonos de esa magnitud únicamente a intereses personales o coyunturas electorales. Cuando quienes mejor conocen la vida interna de un partido deciden marcharse, el problema suele encontrarse en la conducción política y no exclusivamente en quienes se van.
Lo verdaderamente preocupante no es únicamente la desbandada, sino la aparente incapacidad de la dirigencia para asumir alguna responsabilidad política. En las democracias sólidas, los liderazgos se fortalecen cuando escuchan la crítica y corrigen el rumbo; se debilitan cuando convierten la discrepancia en un acto de deslealtad y responden al descontento con indiferencia. La soberbia política suele ser el último refugio de quienes ya perdieron el contacto con la realidad. Un partido que nació prometiendo representar a los ciudadanos corre el riesgo de convertirse en un ejemplo de aquello que decía combatir: decisiones verticales, cerrazón y una preocupante desconexión con su propia militancia.
Movimiento Ciudadano enfrenta hoy mucho más que una crisis de organización; enfrenta una prueba definitiva de credibilidad. La pregunta ya no es cuántos militantes más abandonarán el partido, sino si la dirigencia estatal tendrá la capacidad de reconocer que las decisiones políticas también generan responsabilidades políticas. Porque las urnas no suelen castigar los errores aislados; castigan la obstinación, la arrogancia y la negativa a rectificar. Y cuando una dirigencia insiste en cerrar los ojos frente al descontento de los suyos, el desenlace deja de ser una posibilidad para convertirse en una consecuencia previsible. Si el rumbo no cambia, el mayor adversario de Movimiento Ciudadano no estará en otro partido: seguirá sentado en la mesa donde hoy se toman sus decisiones.





