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Entre veredas, margaritas y recuerdos: así se vivía el Día de Muertos en el antiguo panteón de Buena Vista
Escrito por: Krissia Duarte
Cananea, Sonora, 02 de noviembre de 2026.- Mucho antes de que el Día de Muertos adquiriera las expresiones con las que hoy se celebra, visitar el panteón en Cananea era una tradición que comenzaba mucho antes de llegar a las tumbas, recordó el académico, Rubén Camargo Plaza.
El cananense recuerda que el trayecto, los senderos entre los cerros, la presencia de vendedores de flores y los encuentros familiares eran parte de una jornada que quedó profundamente arraigada en la memoria de quienes la vivieron.
Entre 1966 y 1970, acudir al Cementerio de Buena Vista era una de las costumbres más esperadas por las familias de aquella época. Así lo recuerda Camargo Plaza, quien a través de sus vivencias reconstruye una celebración distinta, marcada por los largos recorridos a pie, las flores de temporada y una comunidad que se encontraba para honrar a sus difuntos.
El trayecto desde el pueblo hasta el camposanto podía tomar alrededor de media hora caminando por atajos, veredas y arroyos. Para quienes tenían la posibilidad de trasladarse en automóvil, la distancia era de aproximadamente dos o tres kilómetros.
Pero el recorrido no era solamente un camino hacia el cementerio. También era una sucesión de lugares y personajes que daban identidad a Buena Vista.
En su memoria aparecen la casa de doña Elena Quiñónez, madre de Los Chenós Martínez; la vivienda de la Libradita, reconocida por su sazón, y los alrededores de la Escuela Carlos A. Carrillo, antes de comenzar el ascenso hacia el panteón.
Después venían las curvas, las pendientes y los cerros de tierra color naranja. En el trayecto había sitios conocidos por nombres particulares, como “La Santa Cruz” y “La Apúrate”, este último relacionado con historias de ruidos que, según se contaba entonces, llegaban a inquietar a quienes transitaban por aquellos senderos.
Tras avanzar y alcanzar una explanada, los visitantes encontraban una puerta de hierro que daba acceso a la parte baja del cementerio.
A unos 100 metros había una pila de agua limpia, indispensable para lavar las lápidas y llenar los floreros.
En aquellos años, las margaritas eran las protagonistas de los arreglos florales. El cempasúchil, tan representativo actualmente de las celebraciones del Día de Muertos, todavía no era una flor habitual en esta tradición local, recuerda Camargo Plaza.
El paisaje del antiguo Cementerio de Buena Vista era muy diferente al que pudiera imaginarse hoy. El terreno estaba formado por pequeñas lomas y arroyos, con tumbas distribuidas de manera escalonada y pocos espacios planos.
Muchas sepulturas tenían cruces elaboradas con tubos metálicos y placas de hierro en las que se grababan nombres y fechas con letras y números que destacaban por su claridad. Otras estaban delimitadas por cercos de piedra, tierra apisonada o sencillas cruces de madera.
El camposanto estaba cercado con tubos y alambre, mientras que las áreas cercanas a los arroyos representaban cierto peligro para quienes acudían a visitar las tumbas.
Sin embargo, lo que más permanece en los recuerdos de Rubén no es solamente la geografía del cementerio, sino la manera en que las familias vivían aquellos días.
Acompañar a su mamá para llevar coronas y flores a las tumbas era parte de la tradición familiar. Recuerda que el primer día acudían los niños y el segundo correspondía a los adultos mayores, una costumbre que organizaba las visitas y daba sentido a cada jornada.
Las familias comenzaban a llegar desde temprano. Llevaban flores, coronas y alimentos preparados en casa para permanecer varias horas en el panteón. Primero limpiaban las tumbas, después colocaban los arreglos y finalmente compartían los alimentos, entre ellos tacos y agua.
La explanada de acceso también se convertía en un punto de encuentro comercial. Allí llegaba don Rodolfo Pérez en su camioneta para ofrecer margaritas, cañas, otras frutas y golosinas. También estaban don Pancho Cañizares y la Micela, quienes vendían empanadas y duros.
No eran muchos los puestos, pero su presencia formaba parte del ambiente de aquella celebración. Entre vendedores, familias y visitantes, el panteón se convertía por unas horas en un espacio de convivencia donde el recuerdo de los difuntos se mezclaba con las conversaciones y los encuentros entre vecinos.
Entre las décadas de 1960 y 1970, Cananea todavía no experimentaba el éxodo hacia El Ronquillo ni la expansión de las colonias mineras que vendrían después.
En Buena Vista y los demás campos mineros habitaban numerosas familias, por lo que la visita al cementerio durante el Día de Muertos convocaba a una parte importante de la comunidad.
Rubén Camargo Plaza, conocido como “Cachito” en el pueblo de Buena Vista y “Cacho” en su barrio actual, comparte así una ventana a otro tiempo: aquel en el que llegar al panteón era parte de todo un recorrido y en el que el Día de Muertos significaba reencontrarse con la familia, las raíces y los recuerdos de su gente.





